Un día estando en casa me encontraba revisando Facebook y, no sé por qué, comencé a leer una publicación. Podría haber sido un artículo más, pero este me hizo pensar y replantearme porqué elegí hacer esta carrera, ¿por qué psicología? pues como se suele decir, es una carrera de vocación, y en mi caso creía que no era así, ya que anteriormente no pensé en dedicarme a ello. Reflexionando acerca de ello me pareció interesante y curioso dar una explicación un poco más personal de esta ciencia… sí, es una ciencia, el problema está en que la gente sigue poniéndola en duda porque no tienen la información necesaria para poder entenderla; he de decir que a mí me pasó lo mismo. A lo largo de los años, me he dado cuenta de una cosa: a todo el mundo le fascina saber de psicología, pero pocos saben realmente en qué consiste.
En la carrera los profesores te enseñan unos criterios que tienen que seguir las terapias, los tratamientos y la rehabilitación de aquellas personas con procesos mentales dañados. Pero como suele pasar en las clases todo es teórico, que está muy bien, pero cuando realmente sabes en qué consiste esta profesión es cuando te encuentras físicamente ante una persona que se planta delante de ti, que sin conocerte de nada confía en que le ayudes a poner en orden su vida, solo así es cuando aprendes aún más a valorar la importancia que tenemos como profesionales. Leer un artículo de Gonzalo Hervás (profesor en la Universidad Complutense de Madrid) me hizo plantearme escribir este artículo sobre lo que para mí es la psicología.
Tratar con las personas, los seres humanos. Ellos, ellos son el motor de nuestras ganas de seguir luchando, de nuestro positivismo, de nuestra fuerza por seguir trabajando por y para sus ganas de vivir. Son ellos los que confían en ti, los que te cuentan sus secretos más íntimos, sus temores, sus preocupaciones; te confían cosas que nunca jamás habían contado antes ni a otro profesional, ni incluso a otra persona de su entorno más cercano. Tus oídos son privilegiados, pues tienes delante a una persona que vuelca todo lo que siente y piensa, para que tú y solo tú te beneficies de su relato. Un profesor de la universidad, llamado Jesús González Cajal —gran profesional donde los haya—, un día nos dijo “Cuando eliges a tu pareja, no te fijes solo en la apariencia física, pues con los años se deteriora. Céntrate en fijarte en el pensamiento, pues eso perdura y es lo que hace especial a las personas”. Con esto quiero decir que ellos, las personas que reclaman tu ayuda, son los que te permiten acceder a su pensamiento, a lo más íntimo que tenemos y a lo que nos caracteriza, y te hacen ser un privilegiado cuando se abren para ti.
¿Qué hacemos los psicólogos?
Nuestra labor es acompañarles en el proceso de cambio, a romper con las esposas que tenían impidiéndoles continuar su camino. Logras en ellos mejoras tales como que dejen de sufrir, que piensen en sí mismos, en sus logros y sus caídas para hacerles más fuertes, que sean capaces de valorar las cosas y las personas que tienen cerca, que no consideren la muerte como una solución de sus problemas, o que aguanten cosas imposibles. A la misma vez, les apoyas, y les haces ver la felicidad, la alegría que puedes encontrar en su día a día; que dejen a un lado esa carga que llevan consigo, la que les hace tropezar en su caminar.
Eres un privilegiado, pues puedes asistir a momentos únicos, como estar ante una persona que considera que nunca ha hecho nada malo y en tu presencia sea capaz de reconocer por primera vez que ha cometido errores, o que está dispuesto a luchar por una vida mejor. Les facilitas despejarse de muchas dudas que les han perseguido durante años e incluso toda la vida. Les acompañas para que puedan seguir adelante, y así esquivar y aprender de los baches que les pone la vida. Les propones una nueva visión de ver las cosas.
Detrás de cada persona hay una vivencia personal. Historias cuyos protagonistas han pasado calamidades, que han tenido tan mala suerte que cuando relatan sus vivencias puedes entender por qué han cometido esos actos; incluso llevándote a cuestionarte tus propias creencias. Historias que narran tragedias: hijos abusados de sus padres que luego repiten tal conducta con sus propios hijos, infancias desatendidas o sobreprotegidas, niños que demandan atención a través de conductas delictivas, muchos estilos educativos diferentes, núcleos familiares desestructurados, pasar por la pérdida de los padres a una edad muy temprana y vivir la infancia en orfanatos, niñez problemática que desemboca en abuso de sustancias o delincuencia en la adolescencia, violencia de género… Esto es similar a los puzzles, donde las piezas están todas descolocadas y hay que darles coherencia para conseguir llegar a un resultado final. Las piezas serían cada situación, pensamiento o acción que tiene la persona, y nosotros somos los que, junto a ellos, vamos dando sentido a su puzzle, para obtener una una visión global de su vida —integrando cada parte de su historia vital— que nos permita entender su forma de ser.
Hay muchas erratas en cuanto a la creencia social del trabajo que se realiza en una consulta. En nuestro lenguaje psicológico se llaman ideas irracionales acerca de nuestra profesión. ¡Qué hay mejor que un amigo psicólogo para que te aconseje o te dé una solución rápida a tus problemas!, eso es lo que piensa todo nuestro entorno, o es que nunca habéis escuchado frases tales como: “He tenido un sueño donde mataba a gente, ¿eso quiere decir que soy capaz de matar?”.
En un primer momento parece que nuestro trabajo solo es escuchar, y aplicar unos tests que nos han enseñado, pero que no sirven para nada. Que solo nos dedicamos a hablar, hablar y hablar, pero que no decimos nada. La gente nos demanda resolver los conflictos de la forma más inmediata posible, te lo exigen. Creen que sabemos todas las respuestas a las dudas que ellos plantean. Nos llegan con problemas como que no pueden dormir, que se encuentran angustiados y pretenden que les demos esa pastilla mágica para que mejoren…
Pero nuestra labor es algo más complicada que todo eso. No nos dedicamos a hablar por hablar; igual que cualquier otro profesional, cada consulta tienen su tiempo de preparación antes y después de la sesión, pues nosotros valoramos y hacemos preguntas acerca de la vida de las personas, no por ser pasante —palabra de mi tierra, cuyo significado equivale al de curiosidad— sino por tener conocimientos sobre qué vida ha llevado, en qué circunstancias se ha podido ver inmersa —pues han podido contribuir a desarrollar algún problema—, cómo se siente, etc. Nos interesa saber en qué estado se encuentra para así poder adaptarnos a su estado de ánimo.
Nos importa la persona, no lo que ha hecho, sino su mejoría, su bienestar. Además, al haber tantos mitos acerca de muchas situaciones, nuestro trabajo reside en desmontarles esas ideas, en explicarles nuevas alternativas, en hacerles ver nuevos caminos que no han considerado anteriormente, en apoyarles y sobretodo, acompañarles en una nueva etapa de cambio. Esto no es un trabajo individual: es un trabajo en conjunto, entre dos personas, para conseguir el fin último que es la felicidad. Cuando una persona mejora no solo le afecta a ella individualmente sino que también se ven afectados sus hijos, pareja, padres, amigos… y esto te hace valorar la responsabilidad tan grande que tenemos los psicólogos, pues estamos manejando la felicidad y el bienestar de mucha gente.
Sí que es cierto que aprendemos muchísimo con cada caso. Nosotros ahora estamos empezando, y la verdad cuando la gente dice “yo no creo en los psicólogos” me hierve la sangre, pues no somos una religión de la que valoras si creerte lo que defiende o no; somos una ciencia, tenemos estudios que sostienen lo que decimos y hacemos, que nuestro objetivo es ayudar a las personas a conseguir lo que ellos quieren. A lo largo de nuestra formación nos cuentan inmensidad de casos de personas que sufren, y algunos mejoran su situación y otros, sin embargo, no tienen esa suerte, pues es cuestión de un trabajo más profundo. Quede claro que no estamos hechos de piedra; somos personas y, por supuesto, hay situaciones que nos superan, y lloraremos igual que lo hacen los seres humanos, porque podremos vernos más sensibles afectivamente con esa situación. Pero he de decir que es una profesión donde la satisfacción personal que te llevas a casa es única, que tratas con seres humanos, con sus problemas y sus vivencias, y que el saber que TÚ has sido quien ha ayudado a esa vida a salir de un estado de sufrimiento, de ansiedad, de miedos, de infelicidad… ese bienestar no te lo dan todos los trabajos. Somos especiales, privilegiados de que la gente nos permita sentir esa sensación, ayudar a mejorar la vida a otra persona.
Aún quedan muchas cosas por contar, por decir, por experimentar y vivir, pero creo que incluso de los errores aprenderemos, pues no hay aprendizaje sin meteduras de pata para poder enseñarnos a nosotros mismos nuevas alternativas. Las personas que acuden a un profesional de la psicología vienen con problemas y la propia palabra lo indica, si es un problema es porque hay solución, y ahí es donde nosotros trabajamos.
Un día en sesión, me dijeron “creo que todos los psicólogos tenéis ese don, el hacernos ver a nosotros que hay más posibilidades, más alternativas. Ese positivismo, nos lo transmitís y gracias por ello”. Me quedo con eso. Gracias a la gente que acude a nosotros somos mejores profesionales pero, ante todo, nos ayudan a crecer como personas porque aprendemos mucho de cada vida que se nos cruza en nuestro camino. Incluso en los peores momentos, la gente te da una lección de cómo salir adelante.
Gracias a que existe una ciencia que se dedica a entender el comportamiento, la mente y los procesos mentales de las personas, somos capaces de valorarnos. Es por ello que agradezco a la psicología el haberme hecho darme cuenta de una cosa, como decía el anuncio de la bebida de Aquarius: El ser humano es un ser extraordinario.
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