¿Ayudamos a los demás para ayudarnos a nosotros mismos?

//¿Ayudamos a los demás para ayudarnos a nosotros mismos?
Altruismo

Somos seres sociales, necesitamos a los demás para convivir. Ya lo dijo Aristóteles, por lo que no es raro que hayamos desarrollado determinadas conductas de ayuda para mejorar la cooperación en sociedad.

Para empezar ¿qué es el altruismo? Desde la psicología social, el altruismo se define como la conducta prosocial voluntaria e intencionada caracterizada por la búsqueda de bienestar en los demás, sin esperar que ello nos genere ningún beneficio, aunque incluso esta acción pueda llegar a ponernos en peligro o generarnos prejuicios. Dicho brevemente y desde un enfoque evolucionista, es la conducta enfocada a ayudar a los demás a expensas de nuestras propias posibilidades de supervivencia.

Dicho así suena bonito, pero en cierta forma desadaptativo, ¿cómo voy a ponerme en peligro de muerte para garantizar la supervivencia de otro? Darwin diría que si mantenemos lazos de parentesco con ese otro la conducta altruista es adaptativa de cierta manera, ya que estaríamos preservando nuestros genes a través de ese parentesco. De esto se habla en la Teoría de selección de parentesco de Hamilton, que defendía la idea de que el altruismo es generado para perpetuar nuestros genes. Casi como cuando criamos a nuestros hijos al nacer, tan indefensos y vulnerables. Pero, sin embargo, ¿por qué ayudamos a otros aun cuando no hay lazos de parentesco? Y más raro aún, ¿Por qué otras especies también lo hacen?

Existen casos datados en los que especies depredadoras como una leona, han adoptado a lo que podría ser su presa: un bebé de gacela. Es habitual ver como algunas especies adoptan crías de otras especies, esto es debido a la tendencia a responder con conductas parentales ante signos infantiles, pero no dejan de ser conductas altruistas, al fin y al cabo.

Hay veces en las que el altruismo afectará de forma mínima a las opciones de supervivencia, pero hay otras en las que puede suponer un peligro. Generalmente el altruismo suele suponer más beneficio a quien lo recibe que a quien lo realiza.

Todo con ejemplos se entiende mejor:

Hay un incendio y decidimos salvar a un niño, con el que no tenemos ningún vínculo y que está dentro de un edificio llorando muy asustado, aunque eso suponga poner en peligro nuestra propia vida. Esto sería un ejemplo extremo de una acción altruista, pero como hemos dicho anteriormente, también existen pequeños gestos que no atentan contra nuestra supervivencia de forma tan directa y que hacemos en beneficio ajeno. Por ejemplo, cuando cedemos el asiento a una persona mayor o con alguna discapacidad en un transporte público, aunque eso suponga ir una hora en pie después de haber salido de trabajar. Como vemos, la conducta altruista está presente en nuestro día a día, pero… ¿qué hay detrás de esta conducta y porque la ponemos en práctica?

Existen dos visiones completamente diferentes:

La primera de ellas son las teorías pseudo-altruistas, las cuales exponen que, en realidad, los actos altruistas no existen ya que ocultan un beneficio propio aunque sea a nivel inconsciente o en forma de refuerzo interno. Estaríamos hablando entonces de egoísmo.

En línea con los ejemplos anteriores, en el caso en el que cedemos el asiento a otra persona en un transporte público, esta teoría defendería la idea de que lo hacemos por un seguimiento de nuestro propio código moral, por dar una correcta imagen social y demostrar nuestro civismo o por sentir que hacemos algo bueno por los demás. Además, el hecho de no ayudar en determinados momentos puede suponernos un castigo, en forma de desaprobación o remordimiento. Este tipo de motivos son de algún modo recompensas internas que nos sirven como motor para realizar la conducta altruista que aparentemente parece en beneficio del otro, pero en realidad no es solo en su beneficio. En estos casos, hablaríamos de un beneficio compartido, ya que yo obtengo la recompensa interna de estar haciendo lo correcto y la otra persona obtiene su asiento.

Las teorías del altruismo reciproco encajarían dentro de esta visión, ya que son aquellas que defienden la idea de que la conducta altruista está motivada por la expectativa de recibir de vuelta el favor, garantizando la supervivencia o bienestar a la larga si hay escasez de recursos, generando en el otro el sentimiento de estar en deuda que fomenta la socialización entre dos personas sin parentesco.

La otra visión correspondería a las teorías puramente altruistas, donde se defiende la idea de que es una conducta motivada por la empatía o la búsqueda de justicia con el fin de reducir el malestar ajeno. Por ejemplo, si yo veo que una persona está sufriendo por que se ha caído, iré a ayudarla por un efecto de contagio emocional, con ayuda de las neuronas espejo, que favorecen la empatía. Este tipo de teorías reciben el nombre de Teoría de la reducción de la tensión: de alguna manera, la reducción de este malestar que nos genera una persona sufriendo no deja de ser en cierta forma un tipo de alivio personal, ya que, tranquilizándola a ella, conseguimos calmarnos nosotros.

Además de la empatía, la compasión también estaría presente. Mientras la primera sería el mecanismo de sentir y compartir lo mismo que el otro, la compasión sería el deseo de ayudar a los demás, una vez comprendidos los sentimientos ajenos. Por decirlo de alguna manera, una conducta compasiva es satisfactoria en sí misma, ya que estamos cumpliendo un deseo. Es decir, el ayudar nos refuerza, nos hace sentirnos bien intrínsecamente, lo cual favorece el bienestar personal y la tan ansiada felicidad.

¿Ayudamos a los demás para ayudarnos a nosotros mismos?

Galton, Darwin y Richard Dawkins, el autor del popular libro El gen egoísta, defendían la idea de que el egoísmo es adaptativo ya que garantiza la supervivencia aumentando las posibilidades de esparcir nuestro genoma, siendo posible la conducta altruista cuando actuamos por motivos morales y controlando de manera rigurosa nuestros instintos básicos. Pero hay muchas especies que viven y necesitan vivir en sociedad, y que realizan conductas puramente altruistas que al propio Darwin le costaba encajar en su teoría evolutiva.

Por ejemplo, un estudio realizado en Alemania por la Universidad de Ratisbona (Guilerá, 2019) muestra como las hormigas de la especie Temnothorax unifasciatus abandonan la colonia antes de morir para evitar contagiar al colectivo.

En otro estudio de la Universidad de Chicago (2011) analizaron como los roedores se ayudan entre ellos en situaciones de peligro, liberándose los unos a los otros cuando están atrapados o en aislamiento debido a una respuesta de contagio emocional producida por el sufrimiento de uno de ellos, demostrando como se manifiesta la empatía en mamíferos.

Se ha demostrado también que niños de dieciocho meses han ayudado al psicólogo infantil cuando se le ha caído un objeto; incluso niños bien alimentados de entre tres y siete años comparten el desayuno con algún compañero que no tiene (Guilerá, 2019).

De hecho, existen personas más altruistas que otras debido a sus bases genéticas. Se han descubierto genes específicos como la variación en el gen AVPR1a, que sugieren que existe un gen altruista, además de una leve variación del gen COMT, encontrado en la mayoría de las personas generosas.

En el caso de los humanos, al crecer, desarrollamos un mecanismo regulador para impedir que se produzcan abusos en las conductas altruistas, donde ya se genera un análisis de costes y beneficios. Es el principio de reciprocidad en los humanos, descubierto por Felix Warneken y Michael Tomasello en 2013. Este principio nos sitúa en una contabilidad de favores e intercambio de recursos, que con los años se va agudizando, volviéndonos más egoístas cuando hay falta de reciprocidad.

Por decirlo de algún modo, nacemos altruistas, pero en algún momento de nuestro desarrollo nos volvemos más egoístas. ¿Pero tiene este egoísmo una connotación tan negativa como se percibe? Si lo entendemos como un calculo de costes-beneficios para regular la conducta altruista, entonces no, ya que este “mirar por nosotros mismos” supone un acto adaptativo.

La cultura es otro de los moldeadores principales que hacen que la conducta altruista se potencie o se inhiba, dependiendo del contexto y con determinados grupos de personas. Así pues, en el caso de la religión, al compartir un ideal de “ayudar al prójimo” se entiende que la conducta altruista está presente, aunque muchas veces esta enmascarada en una relación de costes-beneficios con nuestro código moral. Es decir, si no ayudo al prójimo, Dios me castigara o seré un mal cristiano. Esto supone un daño a la autoimagen y hace que actuemos por “obligación religiosa”. Actuaremos de forma altruista dependiendo de si la otra persona comparte nuestro código moral, ya que religiones diferentes entre sí no tenderían a ayudarse mutuamente, sino a combatirse.

Otro ejemplo de cómo una cultura fomenta o inhibe el altruismo es el ejemplo de la Navidad. En esta época del año los actos de caridad y solidaridad están muy presentes, ya sea con ciertos colectivos o con nuestra familia. En esta época tenemos la costumbre sociocultural de ayudar a los más desfavorecidos, de hacer regalos a amigos, compañeros y familiares y de visitar y dedicar tiempo a aquellas personas importantes para nosotros. Diríamos que estamos casi condicionados a reunirnos en familia, en compartir momentos juntos e intercambiar ofrendas. No faltan los jefes de empresa que destinan dinero a alguna fundación o a sus empleados como gesto de caridad. No faltan los voluntariados sociales que con su labor desinteresada posibilitan que las personas sin hogar o en hospitales tengan una Navidad más placida. Se respira un ambiente de generosidad, solidaridad y altruismo. En este caso, se podría inferir que el altruismo y la generosidad son constructos influenciados por la cultura.

Finalmente, lo que podemos concluir sobre la existencia del altruismo es que, se ejecute como se ejecute, siempre que genere un bien en los demás y en nosotros mismos, ya sea en forma de refuerzo interno por hacernos sentir mejores personas o para aliviar un malestar derivado del contagio emocional, es un acto que suma. Me atrevería incluso a decir que el altruismo, ya sea mediante el efecto de la empatía o el principio de reciprocidad, es una contradicción, ya que como se ha expuesto anteriormente, toda conducta de ayuda refleja un intento de “paliar un malestar interno”, pero no deja de ser beneficioso para la parte receptora y emisora de ayuda. A este uno más uno, se le puede llamar altruismo.

La cuestión es que da igual el beneficio que obtengas al ayudar a otra persona: lo importante es el resultado, no tanto los motivos. Existirán actos altruistas que no sumen a ambas partes, sino a una, pero eso no le quita valor a los actos altruistas en los que se benefician ambas partes. La que ayuda y la ayudada.

Si te estás preguntando si eres una persona altruista, tú mismo puedes valorarlo de la siguiente forma y también ponerlo en práctica:

  • Comparte lo poco que posees o te es escaso con aquellos que están en peores circunstancias que tú.
  • Evita que un estado de ánimo negativo afecte a las personas de tu alrededor. Es una de las principales maneras de practicar el altruismo.
  • Amplia el foco: no seas altruista únicamente con personas conocidas o que te caigan bien, te invito a practicarlo con desconocidos.
  • Trata de pensar en el principio de reciprocidad de manera flexible, no como una regla o una obligación por parte de la persona que ayudas. Si el favor te es devuelto, bienvenido sea, pero si no es así, no pasa nada, la finalidad principal del altruismo es el bienestar ajeno.
  • Trata de practicarlo en todas las épocas del año: es normal estar predispuesto culturalmente a practicarlo más en determinadas épocas, pero si eres de los que lo extienden a cualquier momento de su vida, sigue así.
  • Se predica mejor con el ejemplo. Evitemos aleccionar sobre hacer el bien, limitémonos a hacerlo nosotros mismos. Somos la mejor enseñanza para los que nos rodean.

Por último, si sabemos que la conducta de ayuda nos hace sentirnos bien en sí misma, que es reforzante, que, por lo tanto, aumenta nuestros niveles de bienestar y, en resumidas cuentas, nos hace ser más felices: ¿por qué ahora que conocemos una vía para alcanzar la felicidad no la ponemos en práctica? Te invito a que, a partir de ahora, pruebes los beneficios del altruismo y experimentes el bienestar que trae consigo. No olvides el contagio emocional: si haces que los demás se sientan bien, probablemente tú también te sentirás genial.

Artículo escrito por Mónica Narváez

En el centro de psicología en Madrid trabajamos un equipo de psicólogas y psicólogos entusiastas de nuestra profesión, con años de experiencia, un alto nivel de especialización y una amplia formación contrastada. Queremos ofrecer respuestas y herramientas a las personas para facilitar su pronta recuperación y así poder mejorar su bienestar y su calidad de vida en general.

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