Autoestima, autoevaluación negativa y fobia social

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fobia social

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Las relaciones sociales son básicas para el ser humano. Todos nosotros presentamos un nivel medio de ansiedad al relacionarnos con otra persona por primera vez —una situación novedosa—, lo que nos permite estar a la altura de la situación, por lo que resulta adaptativo. En cambio, las personas con fobia social presentan un nivel muy elevado de ansiedad lo que les provoca una sensación de angustia difícil de eliminar.

La ansiedad social se caracteriza por un temor desmesurado ante diversas situaciones sociales por parte de la persona, que se percibe evaluada de manera negativa por los demás, y tiene la sensación de quedar continuamente en ridículo (American Psychiatric Association, 2000). Esta se diferencia de otros trastornos de ansiedad por el miedo excesivo, y porque los individuos evitan la mayoría de situaciones de interacción social, lo que afecta significativamente a su calidad de vida; los fóbicos sociales también padecen síntomas psico-fisiológicos tales como: taquicardias, sudoración, temblores y enrojecimiento facial —el cual se vive de forma muy angustiosa—, además de experimentar pensamientos negativos en lugar de positivos y con una atribución causal interna, por lo que los errores que piensan haber cometido en esas interacciones los atribuyen más a sí mismos que a la propia situación. A menudo, el individuo presenta una ansiedad anticipatoria lo que le hace estar en constante preocupación al pensar en una futura situación social.

Conforme al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), en la fobia social aparece una ansiedad que viene dada por situaciones sociales o intervenciones en público por parte del sujeto, lo que lleva a sesgos comportamentales tales como la evitación de esas situaciones.

Según Echeburúa (1993), las situaciones sociales más temidas por los fóbicos sociales serían las siguientes:

Iniciar y/o mantener conversaciones

Quedar o citarse con alguien

Asistir a una reunión social

Hablar con personas con autoridad

Telefonear a personas poco conocidas o realizar gestiones

Devolver un producto en una tienda

Hacer y recibir cumplidos

Hablar en público

Ser el centro de atención

Comer/beber en público

Escribir o trabajar mientras le están observando

Temor a que nos miren y observen lo que hacemos

Temor a conocer a alguien o encontrarse con alguien

Dificultad para confrontarse con alguien o hacer reclamaciones

Tendencia a rehuir espacios cerrados donde hay gente

Sensación de que todos nos miran y desvalorizan

Temor a que nuestras intervenciones parezcan ridículas, pobres o inadecuadas

Miedo a quedarse en blanco o no saber qué decir

Tipos de fobia social

Los trabajos actuales acerca de este trastorno señalan la importancia de diferenciar dos tipos: fobia social específica y fobia social generalizada. En la primera existen ciertos estímulos concretos que provocan ansiedad como hablar, comer o asearse en público, mientras que la segunda se asocia a una gran variedad de situaciones sociales. El miedo a la evaluación social negativa que existe en la ansiedad social generalizada  viene dado por la comparación social que realiza el individuo con respecto a los demás, así como por la gran inseguridad que siente en cuanto a sus capacidades, lo que influye en la autoestima y la autoevaluación del sujeto.

A este respecto, en un estudio de Alden y Mellings (2004) se enuncia que los individuos con fobia social generalizada presentan un alto nivel de ansiedad relacionado con las autoafirmaciones que realizan.

Para llegar a comprender mejor este problema, M. W. Eysenck propone la Teoría de la Hipervigilancia (1992), donde existen tres tipos de sesgos cognitivos que experimentan los sujetos con ansiedad de evaluación:

Sesgo interpretativo: predisposición a interpretar las situaciones como amenazantes o negativas en lugar de neutras.

Sesgo atencional: el sujeto centra la atención hacia los estímulos amenazantes obviando los neutros.

Sesgo de memoria: tendencia a recordar las situaciones negativas o interpretadas como negativas.

De esta teoría deriva el Modelo de los Cuatro Factores en el que el grado de ansiedad es el resultado de la interacción de cuatro factores: la estimulación ambiental —como son las situaciones que se nos presentan—, la activación fisiológica —cómo reacciona nuestro cuerpo ante esa situación—, la propia conducta —qué hacemos— y las cogniciones del sujeto —lo que pensamos a cerca de lo anterior—. Según Eysenck (1997), las personas con sesgos atencionales e interpretativos sobre sus propias conductas podrían desarrollar fobia social.

Los sesgos cognitivos tienen un peso muy importante en la ansiedad social; estos se mantienen por la búsqueda de conductas de seguridad que limitan la retroalimentación de su propia conducta social y porque el sujeto focaliza su atención en sus síntomas fisiológicos (sesgo atencional) utilizando esa información para suponer que es evaluado negativamente por los demás (sesgo interpretativo).

Es muy común que individuos con baja autoestima presenten altos niveles de ansiedad social; el motivo es la puesta en marcha de un proceso de percepción de evaluación negativa por parte de los demás, así como la generación de ciertas expectativas en cuanto a la imagen social dada. Esta valoración sesgada lleva a que el sujeto experimente las distorsiones cognitivas y autoafirmaciones negativas tan frecuentes.

Por otro lado, existe una relación significativa entre ansiedad social y percepción de rendimiento: resultados reflejados en los trabajos de Eysenck (1979) indican que el rendimiento de las personas puede alterarse debido a sus altos niveles de ansiedad social, sobre todo en tareas complejas de contenido cognitivo, con lo que la alteración vendría determinada por la preocupación ansiosa que percibe el sujeto. Los resultados de diferentes estudios sobre sesgos interpretativos concluyen que los sujetos con ansiedad social perciben su ejecución como inadecuada o incorrecta, siendo muy negativos evaluando su propia conducta y no así la de los demás (Clark y Arkowitz, 1975).

Artículo escrito por Sandra Sánchez López

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