Amor quijotesco: ¿Dónde situaríamos el amor de Don Quijote hacia su Dulcinea?

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El amor de Don Quijote hacia su Dulcinea

La respuesta la podemos encontrar en la definición de pasión.

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El origen de la palabra pasión se deriva del latín passio, y esta a su vez se desprende del verbo pati, patior: significa padecer, sufrir o tolerar. Se infiere entonces que este es un vocablo que tiene un doble significado, y es por el hecho de que el padecimiento y el sufrimiento siempre conllevan al dolor; además el diccionario de la Real Academia la define como “lo contrario a la acción, o estado pasivo en el sujeto”, lo cual indica resignación o conformidad por parte de este, y también hace entender que mientras sentimos pasión no somos capaces de dominar el sentimiento, lo que lo lleva a sentirse de alguna manera inconforme por no haber cumplido algo.

Otras definiciones de pasión son:

  1. Sentimiento muy intenso y perturbador que domina la voluntad y la razón: “Se dejó llevar por la pasión y no pensó en las consecuencias de sus actos”. Arrebato
  2. Atracción intensa que una persona siente por otra: “Tiene pasión por el mayor de sus hijos”. Predilección
  3. Afición extraordinaria por una cosa: “Siente pasión por la música”. Entusiasmo

De alguna manera la pasión no permite razonar correctamente en el momento que se experimenta; por este motivo se habla de no ser capaz de dominar al sentimiento, simplemente se deja llevar debido a que se sufre un desborde emocional muy fuerte y la persona es capaz de atreverse a tomar decisiones por impulso. Cuando el deslumbramiento termina la pasión también lo hace, y es por no ser un suceso racional sino precisamente pasional.

Muchas personas tienen este amor pasional idealizado —bien pudiera llamarse enamoramiento patológico— que no llegando a ser el de Don Quijote también sufren en silencio por carecer de los otros dos componentes: la decisión y el compromiso, lo cual  implica mantener la relación, en los buenos y en los malos momentos. Por otro lado estaría la intimidad que promueven el acercamiento y el vínculo afectivo hacia la otra persona, que surge de los sentimientos de cercanía y relación.

Pero sin duda alguna para lograr los tres componentes y por tanto el amor perfecto según Stemberg, la clave es amarse a uno mismo, lo cual implica el compromiso  de mantener ese amor propio hacia sí mismo en los buenos y en los malos momentos; la intimidad y conexión con su Self; y la pasión para expresar los propios deseos y necesidades a los demás.

¿Estaba loco Don Quijote?

En un diario digital se escribió un artículo que lleva por encabezado esta cuestión.

En dicho artículo se exponen las principales conclusiones de un estudio  realizado por un grupo de más de 600 psiquiatras residentes en España, consistente en exponer sus respectivos criterios en relación  a la existencia o no de algún tipo de patología mental en la figura de don Alonso Quijano.

El diagnostico que recibe el personaje por parte de los diferentes psiquiatras es heterogéneo. Para la mayoría del grupo (un 30,33%)  Don Quijote no sería un enfermo mental; hablaríamos más bien de un inconformista, revolucionario y fanático en pos de alcanzar un ideal, adornado por la cualidad del altruismo.

Para otro grupo de especialistas (el 25,6%) sería un personaje de ficción y por tanto resultaría imposible realizar un diagnóstico certero según los criterios DSM-V o CIE-10.

Frente a estos dos grupos se encuentra un tercero (55,93%) que sí hallaría en Don Quijote síntomas claros de patología, siendo las opiniones diferentes respecto a los diferentes diagnósticos psiquiátricos con que se relaciona al personaje, tales como  el trastorno esquizotípico de la personalidad, el Síndrome de Ganser, la Parafrenia, el Delirio, el trastorno esquizoafectivo o el trastorno afectivo bipolar; este último diagnóstico en base  a la conducta desinhibida que mostraba en ciertos momentos: la excesiva exaltación del ánimo, la grandilocuencia o ideación megalómana… mientras que en otros momentos su conducta giraba al extremo opuesto —es decir a la parte depresiva—, mostrándose cansado, con decaimiento, perdida de ilusión, el insomnio, etc.

En lo que sí coinciden todos y cada uno de los que participaron en el estudio es que si una persona así hubiera existido realmente, deambulando por las calles, hubiese tenido muchas posibilidades de ser ingresado en una Unidad de Psiquiatría.

Personalmente comparto la idea que alude a su carácter de personaje de ficción, con lo que sería prácticamente imposible diagnosticarlo según los criterios de las herramientas de que disponemos en la actualidad (DSM-V y CIE-10), y como mucho lo podríamos considerar de subclínico. Sin embargo sí parece haber un nexo de unión entre los diferentes trastornos que se mencionan en este estudio: este nexo de unión sería la disociación.

La disociación según Briere (2002) es la separación de procesos funcionales que deberían de ser accesibles y habitualmente integrados, tales como la fragmentación de la conciencia, de la memoria, de la identidad y de la percepción de sí mismo y del entorno. La disociación según este autor incluye las siguientes facetas: desconexión (separación emocional y cognitiva del entorno inmediato), despersonalización (alteración en la percepción del propio cuerpo o de sí mismo), desrrealización (alteración en la percepción del mundo externo), alteraciones de la memoria (pérdida de memoria para acontecimientos personales específicos), constricción emocional (menor emotividad o capacidad de respuesta emocional disminuida) y disociación de la identidad (la percepción o experiencia de que existe más de una persona o sí mismo dentro de la propia mente).

La disociación también se atribuye a personas que han sido víctimas de episodios traumáticos. Janet en 1859 ya proponía una teoría de la disociación o desagregación como una predisposición constitucional en los individuos traumatizados. Esta sería, según Janet, una defensa frente a la ansiedad, que persistiría en forma de ideas fijas subconscientes en la mente del traumatizado, llevándole a un estrechamiento y fragmentación de la conciencia que impediría que unas experiencias se asociaran con otras.

Otro asunto bien distinto es preguntarse por el creador de dicho personaje literario, si tenía este conocimiento documentado sobre la disociación o era más bien un saber implícito. Podemos leer en su biografía que fue un soldado activo durante varias batallas, en una de las cuales perdió la funcionalidad de su mano izquierda. Posteriormente Cervantes estuvo 5 años cautivo en Argel, en los que prefirió la tortura a la delación, hasta que finalmente fue rescatado, junto a otros prisioneros, con la ayuda de los monjes trinitarios. Podría decirse que Don Miguel de Cervantes fue un auténtico veterano de guerra, la cual sin duda alguna dejó su huella en el autor. Cuál fue el calado de dicha huella y si le produjo o no alguna patología, es algo que como mínimo se debería de tener en cuenta a la hora de estudiar su obra.

Artículo Nueva tribuna: ¿Estaba loco Don Quijote?

Artículo escrito por Francisco Javier García

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