Búsqueda del hijo

Un camino lleno de piedras

Nuestra sociedad ha cambiado mucho en los últimos años; antes se nos educaba para ser esposas y madres y formar una familia (en ocasiones incluso se alentaba a que fuera numerosa). Ahora recibimos educación para estudiar y trabajar, también para formar una familia, solo que ahora hay muchos tipos de unidades familiares, así como diversas maneras de organizar la pareja y el hogar.

Quizás el orden en que hacemos las cosas ha cambiado, por lo que el momento de tener los hijos se va retrasando poco a poco y esto supone que cada vez se empiezan a buscar más tarde. Eso, entre otros factores, puede pasarnos factura ya que aunque nuestro aspecto físico, nuestro sistema sanitario, nuestra calidad y esperanza de vida haya aumentado en los últimos años, algunos de nuestros procesos vitales siguen manteniendo el mismo ritmo que antes; es decir, la mujer sigue siendo más fértil a los 20 que a los 30 y a partir de los 35 la calidad de los óvulos es mucho menor y las trompas de Falopio pueden padecer fibromas y endometriosis, provocando así algunos problemas de fertilidad. De la misma manera, la producción de espermatozoides del hombre va disminuyendo con el paso del tiempo, siendo cada vez menor el volumen y la calidad de éstos. Todo esto muestra claramente el por qué cada vez es más común en nuestra sociedad que las parejas recurran a pedir ayuda a los especialistas y a plantearse realizar tratamientos de fertilidad, pero ¿es tan sencillo someterse a este proceso a nivel emocional?

Resulta de suma importancia entender el duro camino al que se enfrentan las parejas en su deseo de convertirse en padres, sólo en cuestión de tiempos de espera habría que tener en cuenta que cuando se acude al especialista en busca de ayuda para tener un hijo llevan un mínimo de dos años de media intentándolo por su cuenta y, a esto, hay que sumarle el tiempo de espera desde las primeras entrevistas de evaluación hasta el inicio de las pruebas diagnósticas, que puede ser de hasta dos años. A esto hay que añadirle el plazo para realizar y recibir los resultados de dichas pruebas, que suelen ser unos 3 meses, sumado a la demora del inicio del tratamiento en sí, con lo que podríamos estar hablando de un proceso que dura unos seis años. Durante todo este tiempo, la pareja ha pasado de la ilusión y la esperanza de los primeros momentos a la frustración, la desesperación y los miedos que van surgiendo conforme pasan los meses.

El proceso de la búsqueda del hijo suele ser un acontecimiento estresante que pone a prueba a cada miembro de la pareja y a la relación entre ellos. Tras los primeros años de intentarlo por su cuenta pasarán por momentos desesperantes que hacen que puedan llegar ilusionados, aunque con miedo a la consulta del médico. El acudir a esa primera cita en la unidad de reproducción marca un nuevo camino, que supone un punto de partida hacia una posible solución del problema (y así, conseguir el tan deseado bebé), pero por desgracia el éxito del tratamiento/s no está garantizado. Es por ello que debemos prestar atención a sus consecuencias psicológicas.

Los procesos emocionales por los que pasa la pareja son diferentes en función del momento del tratamiento en el que se encuentren, pero pueden ser devastadores si no se cuidan en cualquiera de las etapas:

  • La primera visita a la unidad de reproducción es un momento de nerviosismo, donde la ilusión y la incertidumbre van de la mano pero se abre una puerta a la esperanza tras haber estado frustrados durante tanto tiempo. Las parejas depositan toda su fe e ilusión en que las técnicas de reproducción funcionen y puedan, finalmente, tener un hijo.
  • Durante el estudio de fertilidad son muchas las situaciones de estrés por las que se pasa. Un simple análisis de sangre puede adquirir un gran significado y la espera de los resultados puede resultar desesperante y angustiosa. Además, puede surgir la incertidumbre por tener que someterse a pruebas novedosas y a la posibilidad de que éstas sean dolorosas.
  • En el momento del diagnóstico pueden producirse paralelamente dos hechos:
    • Alivio al conocer el origen de los problemas de fertilidad y planificar el tratamiento para tratar de solucionarlo.
    • La aceptación del diagnóstico a veces no es inmediata, cuesta asimilarlo, lo cual puede provocar enfado, sentimiento de injusticia, tristeza e impotencia. Esto será una prueba para la pareja, que tendrá que decidir qué medidas tomar (adoptar, resignarse a no tener hijos o realizar un tratamiento de reproducción asistida).
  • El inicio del tratamiento será diferente en función del tipo de procedimiento que se realice. No obstante, las frecuentes visitas a la unidad de reproducción pueden alterar rutinas familiares y es fácil comenzar a sentir impaciencia por conseguir el objetivo final.
  • Estar a la espera de los resultados del tratamiento es un momento de elevada tensión, se trata de comprobar si el esfuerzo ha merecido la pena. El paso del tiempo parece más lento de lo normal, los minutos parecen horas. Es en esta fase cuando la atención de la mujer suele estar más focalizada en cada respuesta de su cuerpo, intentando notar el más mínimo cambio que le muestre que realmente ha conseguido quedarse embarazada, llegando a temer la llegada de la menstruación. La espera se hace muy angustiosa, el nerviosismo, la esperanza, la euforia y la agonía se van turnando el protagonismo en función del momento del día.
  • Cuando ya, por fin, están los resultados es algo que se vive con esperanza y miedo a la vez. Aunque parezca extraño o exagerado, sólo un 30% de los tratamientos obtienen el objetivo deseado, y aunque las probabilidades de conseguir un embarazo no son muy superiores en caso de intentarlo de forma natural si no existen problemas de fertilidad, la vivencia de fracaso tras un tratamiento es mucho más dolorosa, triste y frustrante por todo lo que se ha invertido en éste, y no hablamos sólo del tema económico sino de todo el tiempo, esfuerzo y esperanzas.

Así, vemos que el coste físico, emocional y psicológico que puede suponer un proceso como éste puede ser bastante acusado. Aunque la mayoría de las parejas se levantan y siguen adelante intentándolo de nuevo, se trata de volver al inicio, pasando otra vez por cada etapa con los altibajos que conllevan. Viendo todo esto, ¿cómo podemos ayudar a alguien a afrontarlo? La figura del psicólogo está cada vez más presente en los centros de reproducción asistida para, en caso de ser necesario, acompañar a lo largo de todo el proceso con el fin de mitigar las alteraciones emocionales, problemas de pareja y demás consecuencias de la infertilidad y sus tratamientos e incrementar la calidad de vida de las personas que desean ser padres por medios naturales y no lo consiguen.

Para lograrlo, será importante que la pareja esté bien informada de qué supone cada paso del tratamiento al que se están sometiendo y anticipar los estados emocionales que pueden aparecer a lo largo de este, así como ajustar las expectativas y eliminar la incertidumbre en la medida de lo posible. Por otro lado, será muy importante también crear o mantener una red social de apoyo y colaboración, clave para que ambos puedan desahogarse de manera que cada uno tenga su espacio a pesar de que exista una buena comunicación dentro de la pareja.

Artículo escrito por Ainhoa Otero