Ruptura de pareja

Soy yo, no eres tú

Una reflexión psicológica de la ruptura en pareja

El amor romántico suscita tanto interés como desconcierto en la historia vital de cualquiera de nosotros; podemos poseer una idea más o menos formulada de lo que creemos que es el amor pero es a lo largo de nuestra vida cuando va tomando forma, experimentando la fabulosa fortuna de enamorarnos o en otras padeciendo su cara menos amable. Probablemente ambas experiencias formen parte de la vorágine de sentimientos que acompañan a esta emoción y sin lugar a dudas del aprendizaje que conlleva. Porque sí, el amor es una constante evolución en la que vamos adaptando y aprendiendo en qué consiste, pero también cómo se ama de forma saludable tanto para la propia relación —entendida como entidad propia— como para los miembros que la componen.

Diseccionar las relaciones amorosas no es una tarea sencilla, el amor aúna un sin fin de emociones, ideales, valores, mecanismos biológicos, influencias sociales que, en definitiva, conforman un concepto tan amplio como subjetivo. Es probable que por ello cada persona disponga de sus propias ideas sobre el amor y que existan numerosas formas de entenderlo, vivirlo y también de terminarlo. Lo que parece una condición sine qua non para que haya una relación amorosa es que exista algún tipo de vinculación, ambos componentes de la relación existen por separado pero les une un nexo sólido, fuerte, que les conecta y en cierta medida completa ¿pero qué ocurre cuando esta unión desaparece? ¿Cómo manejamos psicológicamente la pérdida de esta vinculación? En cuestión de dos generaciones hemos pasado de una cultura que abogaba por el para siempre a una tendencia que se expresa en todos los ámbitos por lo fugaz e inmediato. Esta inmediatez también se ve reflejada en la duración de las parejas; existen más rupturas, pero también en la concepción y casi imposición de que el malestar que acompaña al fin de una relación sea un tránsito más que corto. Con estas circunstancias parece inevitable que a lo largo de nuestra vida, en algún momento, tengamos que vivir esta experiencia sea por el motivo que sea y que, probablemente, pasemos por algún mal momento derivado de su conclusión.

Con la pérdida de una pareja se pierde más que una relación; se pierden objetivos, proyectos, acompañamiento y comienza una fase de adaptación a la nueva realidad que mueve sentimientos que pueden ir desde la tristeza a la ira. Este momento forma parte de la ruptura y hay que vivirlo, pasarlo, sabiendo que requiere su tiempo de digestión y reflexión. Al igual que hablábamos antes del aprendizaje en el amor, también debemos aprender a sobrellevar la pérdida, eso que teníamos ya no está y no volverá, comienza el periodo en el que aprendemos a vivir sin algo que estaba con nosotros. El proceso adaptativo que acompaña la pérdida es conocido como duelo, en cierta manera similar al que se puede vivir cuando una persona querida fallece pero con la particularidad de que la persona con la que finalizamos la relación sabemos que sigue ahí y que hemos sido participes activamente en la elección y desarrollo de la pareja.

Habitualmente cuando una relación llega a su fin hay dos partes, la activa que toma la decisión de dejarlo y aquella pasiva que recibe la noticia. Esta situación no produce que uno de ellos evite pasar por el duelo, pero es innegable que el impacto inicial entre ambos será diferente; uno ha podido prepararse para la situación y otro puede no esperar tal desenlace. Y es aquí donde entra en juego la tan ejemplificada frase de series, películas y porque no de algún momento en la vida real: “no eres tú, soy yo” que viene a intentar suavizar un momento desagradable y angustioso, tratando de liberar de culpa al otro depositándola en el que toma la iniciativa del punto y final, pero ¿psicológicamente qué viene a decirnos? Probablemente reflejaría mejor lo que supone la ruptura si cambiásemos el orden de la frase: “soy yo, no eres tú” y la tomáramos en un sentido más que literal: “yo ya sólo soy yo, tú ya no formarás parte de mí”.

En ese instante dos vidas que decidieron unirse comienzan su andadura, la una sin la otra, con la huella presente de que en mayor o menor medida “siempre habrá una parte de ti en mí”. La ruptura nos brinda una experiencia que no es agradable pero que forma parte de nuestra realidad y debemos afrontarla, no sin sufrimiento, pues éste forma parte del duelo y en sus etapas finales nos permitirá aprender de lo vivido y nos ofrece diversas formas de crecer y mejorar. Este proceso habitualmente se supera de forma natural, en otras se encalla, incluso se puede tornar obsesivo, y es donde el duelo normalizado pasa a ser patológico. El papel del psicólogo en esta andadura no siempre es la misma, pues las casuísticas y características de cada ruptura son diferentes pero otorga una nueva vinculación centrada en el afecto educativo, ético y sincero que proporciona acompañamiento y escucha promoviendo cambios para el avance en el proceso del duelo. Pues al fin y al cabo el amor romántico es sólo una de las muchas formas de amar y vincularse, y una de las herramientas más potentes con las que cuenta el psicólogo para ayudar a sus pacientes es la vinculación que crea con el mismo.

Para que ocurra una relación amorosa saludable entre parejas, es necesario que exista la capacidad de estar solo, la concernencia, la afección o la ternura, el reconocimiento de las diferencias, la intimidad y el impulso sexual.

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Artículo escrito por Carlos Santiago López de Lamela Suárez