trabajo precario

“Si no acepto yo el trabajo, lo cogerá otro”

Últimamente no paran de verse noticias en las que presenciamos, de alguna manera, la violencia que existe en el mundo. Esta violencia se ejerce en todas sus formas —tanto físicas y psicológicas como también estructurales, caso de la pobreza— según el indicador AROPE 2004-2016, que mide el riesgo de pobreza y exclusión; lo componen tres factores: baja intensidad de empleo, pobreza y carencia o privación material (PMS) (http://www.eapn.es/estadodepobreza/graficos-2017.php).

Estos datos confirman que, cada vez más, existen mayores diferencias socio-económicas y culturales entre las personas. Esta diferencia que se establece en la sociedad y que, a su vez, es una forma de violencia (como hemos dicho anteriormente) de tipo estructural, resulta difícil de detectar y reconocer, pues no se ejerce directamente y además es muy prolongada en el tiempo. En la situación que el mundo está sufriendo actualmente, existen dos grupos principales que crean esta pobreza: uno sería el de aquellas personas con grandes capitales formados por numerosos patrimonios, empresas, otras inversiones y con grandes ambiciones de aumentar su poder.

El segundo grupo es el formado por los trabajadores/as que cuentan con menos recursos económicos, menor patrimonio, pero es mucho más numeroso que el anterior.

El gran inversor llega a un país y establece una empresa ofreciendo trabajo con unas condiciones que empeoran lo anterior; en algunas ocasiones, esta diferencia puede ser promovida por la motivación personal del empresario de obtener mayor beneficio y generar menos costes. Ante esta coyuntura, el gran grupo de trabajadores que padecen unas malas condiciones de vida no tiene más opción, por ellos y en muchos casos por sus familias, de aceptar ese trabajo. Negarse puede significar estar más tiempo sin poder traer dinero a casa, y en pocos momentos nos plantearemos el porqué de esas situaciones tan abusivas, por lo tanto la decisión está clara.

Es cierto que en esta situación, protestar para la mejora de las condiciones laborales no te asegura el beneficio a corto plazo —como puede ser la primera nómina que cobres si aceptaras el trabajo—, también es cierto que negarse y tener que protestar es algo que se sale de nuestra zona de confort —espacio psicológico en el que sentimos tener el control de las cosas, situaciones en las que preferimos estar aunque las condiciones no sean muy buenas, permanecemos en ellas porque creemos que es mejor que lo que desconocemos, lo desconocido supone mayor esfuerzo cognitivo—. Supongamos que esa persona se niega a aceptar el trabajo porque las condiciones laborales ofrecidas no son aceptables. Esto puede provocar una reacción que no se espera y es el contagio emocional: cuando varias personas en la misma situación lo ven, esto aumenta las posibilidades de que se susciten reacciones de identificación con quien protesta, pues son normas que prácticamente todos/as hemos establecido, y estamos viendo como se quebrantan de manera injusta ante nuestros ojos.

Si varias personas se oponen a aceptar el trabajo, al empresario no le quedará más remedio que mejorar las condiciones si quiere seguir teniendo el negocio y a sus trabajadores. Es cierto que antes de ello, puede aparecer un pensamiento del tipo: “Si no acepto yo este trabajo seguro que lo cogerá otro y entonces nada servirá”; este pensamiento no es del todo cierto, pues como ya sabemos, en los negocios de mercado “lo que importa es que el cliente quede satisfecho”. En esta ocasión ocurrirá lo mismo; es decir, sin el grupo trabajadores/as no hay negocio y, por lo tanto, no habrá clientes. El trabajador/a sigue y seguirá teniendo más poder de influencia aunque existan intenciones para que este poder no se reconozca.

Por otro lado, cuando toda esa parte de la población acepta el trabajo, se establece que se asumen esas condiciones, y será a partir de ese momento cuando esa sea la norma a seguir.

Hoy en día, parece que las empresas valoran más a un trabajador sumiso y que no proteste que alguien simplemente eficaz en su trabajo; es decir, se reconoce más la actitud dócil y condescendiente que la propia aptitud y destreza en el trabajo. Es por ello que el trabajador que lo que quiere es conversar ese trabajo y estar feliz, modifica su conducta si es preciso para conseguir sus objetivos deseados, lo que le llevará a la conclusión de que debe mantener o adquirir esa actitud para poder trabajar en la empresa y así no tener miedo a ser despedido. Existe lo que definimos como indefensión aprendida en la sociedad, aquí su definición: condición del ser humano o animal que ha aprendido a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada, y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables o mediante la obtención de recompensas positivas.

Creo que estas situaciones cada vez están siendo más comunes al no existir una educación emocional en la sociedad, a través de la cual podamos conocernos más, saber el potencial que existe en cada uno de nosotros. Una educación para la paz promoviendo más el respeto mutuo, la aceptación de las diferencias, potenciando la cooperación, etc.

Hemos aprendido a lo largo de los años a mantenernos en una posición cómoda y de confort, y a no salirnos de ella protestando ni reclamando pues esto puede general alteraciones como estrés, ansiedad o preocupaciones constantes, y para fortalecer esta creencia nos decimos frases como las mencionadas anteriormente. El libre conocimiento, fomentando la inteligencia emocional, es una fuente de sabiduría que puede disminuir estos problemas de autoestima o de desesperanza e indefensión aprendida en una sociedad.

Artículo escrito por Diego S. Moreno

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