Perdono pero no olvido

Perdono, pero no olvido

Si bien es cierto que solemos emplear esta frase en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida, no lo es tanto el hecho de ser conscientes de su significado y posible trasfondo. Muchas veces enunciamos proposiciones de este tipo como manual de instrucciones para elaborar juicios de confianza sobre lo que nos sucede, sobre quien nos rodea y sobre nosotros mismos. Todo ello unido a un uso masificado que parece se está dando de estas afirmaciones, hace que no valoremos la función que ejercen en nuestro día a día, ni qué utilidad les estamos atribuyendo sin darnos cuenta.

Todo este embrollo tiene mucho que ver con el perdón; de que manera entendemos tanto el perdón como el rencor, y en cómo asignamos cadenas perpetuas en nuestra memoria a determinados episodios de nuestra vida que no podemos superar. Pero… ¿Cómo entiendo yo el perdón? ¿Y el rencor? ¿De qué me sirve una postura eterna de odio?

Dado que nos encontramos en una sociedad con muchos tintes morales heredados de nuestra evolución histórica y religiosa, no podemos olvidar que el perdón forma parte de los comportamientos admirados y premiados por la colectividad. Como se puede ver en el tráiler del documental sobre el perdón En el corazón del asesino (The Heart of the Murdered, Catherine McGilvray, 2014) la directora cita: “es humanamente posible reaccionar, acoger un punto de vista superior, y no devolver mal con el mal, sino dar amor”, apelando al poder del perdón como medio para poder cambiar a la persona que te agrede, convertir al agresor en hermano del agredido. Existe todo un panteón de repertorio audiovisual que desarrolla ejemplos acerca de esta postura: El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1985), La misión (The Mission, Roland Joffé, 1986), Una historia verdadera (The Straight Story, David Lynch, 1999), Antwone Fisher (Id., Denzel Washington, 2002), etc.

Al igual que en el anterior párrafo, junto al anterior planteamiento del perdón coexisten ríos de tinta vertidos en pos de una conceptualización más crítica; por todos son conocidos los blogs, webs y foros en lo que se condena a los agresores a la vez que se sobreprotege a las víctimas. Como planteo al inicio, la frase “perdono, pero no olvido” y todas sus variantes apelan a no olvidar la ofensa, a guardar el rencor por la agresión sufrida, ya que si se hace equivalente el perdón a la reconciliación se puede incrementar el riesgo de que una persona se exponga a seguir siendo dañada por otra. El no perdonar pasaría a ser un estado positivo, pues hacerlo podría incluso ser dañino, poniendo en riesgo de re-victimizar a personas que se encuentren en condición de vulnerabilidad ante situaciones de abuso o maltrato. Por lo tanto, no se vería el perdón como un mecanismo que necesariamente apunte hacia la gratificación; usualmente, estas posturas son asumidas por quienes trabajan con poblaciones víctimas de violencia o injusticias más severas, como el abuso sexual. Se trata de una postura unida a la supervivencia más que otra cosa, cuyos valores que subyacen son los de equidad, justicia y empoderamiento.

Desde una perspectiva clínica, la psicología ha tratado de explicar el concepto como un instrumento adaptativo, capaz de hacernos la vida más llevadera. Pese a la diversidad de definiciones, existe un punto de consenso en considerar que este implica un descenso en la NEGATIVIDAD de los pensamientos, sentimientos y conductas hacia el ofensor; el “pero no olvido” determinaría, a su vez, un aumento del resentimiento hacia quien ha provocado el dolor. Perdonar significaría, además, que aún sabiendo la naturaleza hiriente de la ofensa y lo injustificable de la situación —y de no merecer un perdón—, la persona ofendida DECIDE hacerlo.

De lo anteriormente señalado se debe explicar que, a pesar de la intencionalidad de perdonar, esto no quiere decir que no se reclame justicia, en la manera que tal reclamo no sea solo por fines vengativos. Para ayudar a fomentar esta intencionalidad es importante entender a la a persona agresora en su conjunto de emociones, pensamientos y conductas que la llevaron a cometer el acto hiriente, dado que la agresión se produce dentro de un contexto interrelacional específico en el que los roles ofensor-ofendido suelen ser intercambiables —es importante tener en cuenta el contexto de población con la que se suele trabajar desde la psicología clínica.

Asimismo, los autores coinciden en que el constructo de perdón puede ser entendido de dos maneras: como una respuesta o como un estado. En cuanto al perdón como respuesta, existen ciertas unidades sociales, como una pareja o una familia, en las que este resulta más probable que en otras relaciones. Finalmente, el perdón como estado es entendido como un rasgo de personalidad que alude a la tendencia a perdonar a través del tiempo y las situaciones.

Una de las cualidades de personalidad que más se asocian al perdón es la resiliencia o la capacidad de sobreponerse y/o no quebrarse ante períodos o circunstancias de dolor emocional. Existe un grandioso ejemplo de resiliencia tras los pasados ataques terroristas, en los que desgraciadamente, ha habido muchas personas que han sufrido terribles secesos y pérdidas; pero experiencias como la siguiente aportan una riqueza infinita para crecer y aprender. Como no podría ser de otra forma, me refiero a la conmovedora carta de un padre que perdió a su esposa en los pasados atentados de París: No tendréis mi odio.

A modo de resumen y con el fin de no buscar el sensacionalismo, me gustaría evocar la idea de perdón como una actitud con nosotros mismos, no dependiente de factores externos. Debemos invocar esa condición casi egoísta en la que el perdón es simplemente una herramienta para poder continuar con nuestras vidas, o simplemente, vivir lo más feliz posible. Así lo refleja una víctima de terrorismo en nuestro país en la contraportada de su libro: Perdón para vivir, y en el siguiente vídeo: Forgive to live, donde lo más reseñable, a mi parecer, es la filosofía que ha adoptado la protagonista en contestar con “para qués” a las preguntas de los “por qués”: “¿Por qué los has perdonado?” “Para poder ser feliz”.

Aquel que no puede perdonar a otros, destruye el puente sobre el cual debe pasar él mismo

George Herbert

Artículo escrito por Luís Fernando Martín

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