Resiliencia

La resiliencia, la cicatriz que coexiste con la felicidad.

La psicología consideraba que lo originario era que si una persona vivía una experiencia traumática, desarrollara alguna patología en relación a esa vivencia, pero actualmente desde modelos más optimistas, se considera que la persona es fuerte y activa, con una capacidad natural de resistir y rehacerse a pesar de las adversidades. Esta concepción se encuadra dentro del marco de la Psicología Positiva, aquí nace el concepto de resiliencia (Vera, Carbelo, y Vecina, 2007).

Este término era usualmente utilizado en la ingeniería para determinar la resistencia de los materiales; ahora, se trasladada a los ámbitos en los que se pide la cualidad de resistir y adaptarse a la adversidad, por lo tanto, encajaría en el ámbito de la Psicología. Según esta, es una capacidad común que aparece en personas que viven circunstancias dolorosas o traumáticas como pueden ser la muerte de un ser querido, desastres naturales… mediante la gestión y superación de dichas circunstancias recuperan una vida dentro de la normalidad. Eso no quiere decir que no haya sufrimiento: se experimentan emociones negativas y estrés; de hecho, sin ello no sería posible el crecimiento personal a través de ellas, puesto que no se elimina el dolor, sino que se coexiste con él.

El concepto de personalidad resistente aparece por primera vez en la literatura científica en 1972, se empieza a indagar y se observan múltiples factores que influyen en el desarrollo de la resiliencia. Uno de los más importantes es tener relaciones de cariño y apoyo tanto dentro como fuera del núcleo familiar, que favorezcan vínculos seguros y a imitar, donde se promueva la confianza y el afecto. Además, también influye la capacidad de planificación de metas y su consecución, al igual que la solución de problemas. Otro factor importante es la autogestión de sentimientos y emociones, conocerse y saber identificar que ocurre en nuestro lado emocional, además de tener una visión positiva y realista de sí mismo (APA, 2017).

La resiliencia no es absoluta, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo. Las personas resilientes se enfrentan a las experiencias difíciles utilizando el humor, la exploración creativa y el pensamiento optimista (Fredickson y Tugade, 2003). Éste cambio positivo que experimentan —resultado del proceso de lucha— les lleva a una situación mejor respecto de la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Calhoun y Tedechi, 1999). Los cambios pueden ser en uno mismo (a nivel individual), en las relaciones interpersonales (con otras personas) y en la filosofía de vida.

Es de gran importancia distinguir el concepto de resiliencia del concepto de recuperación (Bonanno, 2004), ya que representan trayectorias temporales distintas. En esta línea, la recuperación supone una vuelta progresiva hacia la normalidad funcional, mientras que la resiliencia muestra la habilidad de mantener un equilibrio estable durante todo el proceso.

El origen de los trabajos sobre resiliencia se remonta a la observación de comportamientos individuales de superación que parecían casos aislados y anecdóticos (Vanistendael, 2001) y al estudio evolutivo de niños que habían vivido en condiciones difíciles. Uno de los primeros trabajos científicos que potenciaron el establecimiento de este concepto como tema de investigación fue un estudio longitudinal realizado a lo largo de 30 años con una cohorte de 698 niños nacidos en Hawái en condiciones muy desfavorables. Treinta años después, el 80% de estos niños había evolucionado positivamente, convirtiéndose en adultos competentes y bien integrados (Werner y Smith, 1982; 1992). Este estudio, realizado en un marco ajeno a la resiliencia, ha tenido un papel importante en el surgimiento de la misma (Manciaux, 2001).

Así, frente a la creencia tradicional fuertemente establecida de que una infancia infeliz determina necesariamente el desarrollo posterior del niño hacia formas patológicas del comportamiento y la personalidad, los estudios con menores resilientes han demostrado que son supuestos sin base científica, y que un niño con condiciones vitales difíciles no está necesariamente condenado a ser un adulto sin posibilidad de progresar en su vida y de desarrollarse felizmente.

Llegados a este punto, cabe plantearse el papel del psicólogo. El crecimiento postraumático no puede ser creado por el terapeuta, es importante destacar que este debe ser descubierto por la propia persona. El psicólogo debe ser capaz de acompañarnos a lo largo de todo el proceso para ayudar en su desarrollo (Calhoun y Tedeschi, 1999).

Concluyendo, la labor del psicólogo vista desde la Psicología Positiva debe servir para reorientar a las personas a encontrar la manera de aprender de la experiencia traumática y progresar a partir de ella, teniendo en cuenta la fuerza, la virtud y la capacidad de crecimiento de cada uno (Poseck, Carbelo, y Vecina, 2006).

Referencias bibliográficas:

APA (2017). El Camino a la Resiliencia. Recuperado de: [Acceso el 20 Nov. 2017].

Bonanno, G.A. (2004) Loss, trauma and human resilience: Have we underestimated the human capacity to thrive after extremely aversive events? American Psychologist, 59(1): 20-28

Calhoun, L.G. y Tedeschi, R.G. (1999). Facilitating Posttraumatic Growth: A Clinician’s Guide. Mahwah, N.J.: Lawrence Erlbaum Associates Publishers

Artículo escrito por Paula Padrón