Ocultar la tristeza

La importancia de la tristeza

No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en tu cabellera

PROVERBIO CHINO

“No llores”, “venga, no estés triste”, “pero tú eres fuerte”. Seguro que a lo largo de la vida nos han dicho estas mismas frases montones de veces, y nosotros se las hemos dicho a otros. Vivimos en una cultura del bienestar que aborrece todo lo que no sea la felicidad y el placer inmediato, y que incluso ha terminado por llamar negativas a todas las emociones donde no se experimente dicho placer.

Es más, no solo rechazamos nuestro propio dolor, sino que nos aterra y nos incomoda verlo en los demás, de ahí el recurrir a frases rápidas y aprendidas de memoria como las de arriba. Necesitamos que el otro deje de llorar porque no nos gusta el sufrimiento de ningún tipo, ni siquiera el empático —aunque no sea propio—, y casi sin pensarlo, como un resorte le decimos que él puede con eso y con más, a veces con la esperanza de que así pare el mal trago, a veces con la intención real de ayudar.

¿Quizá y solo quizá se nos haya ido de las manos la buena voluntad de la Psicología Positiva?

La Psicología Positiva nació en 1998 de la mano de Seligman, en un discurso donde reclamaba que la Psicología estaba centrada exclusivamente en la enfermedad de las personas y no en sus potencialidades, en mejorar sus vidas; fue así como poco después se instauró como una rama de la Psicología, centrada en las emociones positivas del ser humano, como la alegría, la felicidad, el optimismo, el amor o la resiliencia. Es absolutamente cierto que una mentalidad positiva actúa como factor protector frente a multitud de trastornos mentales, incluso también contra enfermedades orgánicas, reduce el estrés, aumenta la calidad de vida, la autoestima, o se tienen relaciones más satisfactorias con los otros.

Han pasado 18 años desde el surgimiento de esta corriente y podemos decir que cada día está más en auge, pero también podemos afirmar que hemos tenido los suficientes años como para ver sus efectos siempre que ha sido mal entendida. Se ha pasado de una buena idea como era mantener un estado general de optimismo para prevenir la enfermedad, a buscar única y exclusivamente la felicidad y las sensaciones placenteras.

Se huye de la tristeza y se condena a quien la siente con la incomprensión, pues no es de recibo que en nuestra sociedad más o menos avanzada, con ciertas comodidades, y teniendo “de todo”, se sufra.

Los medios nos bombardean con las sensaciones placenteras, hemos de ser atractivos, exitosos, amados, divertidos, alegres y SIEMPRE felices; pero ser feliz siempre es sencillamente imposible para una persona, y tratar de lograrlo constantemente, agotador. No es posible sentir felicidad siempre, de la misma manera que no es posible sentir siempre la misma emoción, por ejemplo el asco, porque la maravillosa complejidad del ser humano radica en nuestro cambio constante de emociones, no en seleccionar una y experimentarla sin descanso.

Como dato curioso de la influencia de los medios, hay aldeas en África donde los padres de familia se gastan el poco dinero que tienen en comprar Coca Cola a sus hijos, para que crezcan alegres y vitales como los niños de los anuncios, y aunque esto solo les traiga desnutrición y perder dientes, siguen comprándola para lograr lo prometido. Hay personas que combaten su sufrimiento comprando artículos que en el anuncio lleva gente feliz, y personas que solo adquieren productos en los que hay escritas frases positivas para no permitirse que decaiga el ánimo.

Frases positivas

¿Pero es la tristeza tan mala?

Pues de hecho no; no es ni buena ni mala, sino que como toda emoción cumple una función necesaria. La tristeza reduce la actividad, a la vez que disminuye la atención en el mundo externo para focalizarla en el mundo interno. Esto favorece el auto-examen, la reflexión y el análisis, necesarios tras una pérdida o fracaso. Además, este parón facilita la restauración de energía después de épocas de mucho desgaste.

Otra de sus funciones es procurarnos la ayuda de los demás, ya que despierta la cercanía y la atención de los otros, o el apaciguamiento de las reacciones de agresión, que se reducen al ver a la persona triste.

Pero debido al auge de esta Psicología Positiva mal entendida, en nuestra sociedad se lucha por evitar cualquier relación con la tristeza, el dolor, el sufrimiento o el displacer en cualquiera de sus formas, hasta el punto de que el consumo de ansiolíticos no ha dejado de crecer año tras año en España a partir del año 2000. Desde que somos pequeños nos invalidan esa emoción, cada vez que nos pasa algo se nos dice “venga, que no pasa nada”, o el clásico “los niños buenos no lloran”. Claro que es conveniente enseñar a no dramatizar a los niños cuando se dan un golpe, pero es que a veces, realmente se hacen daño, y en ese momento hemos de validar su pena o su llanto. Igualmente ocurre cuando vamos creciendo y enfrentándonos a distintos grados de tristeza, como un suspenso, el primer corazón roto en la adolescencia, perder al abuelo… A menudo tratamos de demostrarles que la vida sigue igual, que el dolor no nos va a parar, y es también con nuestro propio ejemplo como de nuevo aprenden a invalidar esta emoción. Cuando sean mayores muchos se unirán al club de los adultos con problemas depresivos que no se explican cómo pueden ser tan débiles, si lo tienen todo.

Como muy sabiamente nos dejaba de moraleja la película Del revés (Inside Out, Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015) parece que es Alegría la buena, la que debe encargarse de todo, y Tristeza la que debemos relegar siempre a un segundo plano, —¡si incluso la caracterizaron como la fea de las emociones!— pero negativizarla y postergarla solo trae más problemas a la larga. La película no se resuelve hasta que cada emoción ocupa su lugar y su función, aunque me surgen dudas acerca de si los padres supieron aclarar ese mensaje a sus hijos tras acabar de verla.

Inside out

Cuando no nos dejamos vivir la tristeza pueden aparecer somatizaciones como problemas estomacales o dermatológicos, caída del cabello, defensas bajas, trastornos ansiosos o, en muchos casos, depresivos. Lo curioso de estos trastornos depresivos es que a menudo surgen a largo plazo, cuando la persona ya no cree que puedan deberse al momento pasado de pérdida, y es entonces cuando se observan en consulta pacientes rotos de dolor, con una sonrisa fingida en el rostro y repitiendo frases aprendidas del tipo “no tengo derecho a quejarme”, “no puedo estar triste con todo lo que tengo”, “no entiendo por qué estoy así, si yo pensaba que era fuerte”.

Porque esta es la idea que aún transmitimos hoy, a amigos, a familiares y a nuestros niños: que fuerte es el que no manifiesta la tristeza y débil el que sucumbe a ella. Cuando es verdaderamente un acto de valentía en nuestra sociedad del placer saber que la tristeza es una emoción más, y dejarse vivirla cuando toca.

Artículo escrito por Laura Quemada Muñoz