Fármacos para aliviar el malestar

La cultura del bienestar

En la actualidad nuestro entorno cambia a una velocidad atroz, pues la tecnología avanza a pasos de gigante y con ello el desarrollo de la sociedad. Sin embargo ¿Qué ocurre a nivel individual? La realidad actual, compleja y cambiante, implica una continua adaptación a nuestro contexto. Esta adaptación requiere de esfuerzo para ir modificando nuestros patrones de comportamiento acorde a las distintas normas, valores, estereotipos y reglas que rigen en nuestra cultura.

Desde hace unos años se ha visto como han aumentado los llamados trastornos comunes que engloban la depresión, la ansiedad y los trastornos adaptativos —o problemas de la vida diaria— en la atención primaria e, incluso, dentro de psiquiatría. El volumen de las consultas de este tipo puede suponer entre el 20% y el 30% de las demandas asistenciales (Ortiz, González y Rodríguez, 2006), pues esta continua adaptación a una sociedad que cambia tan deprisa nos puede llevar a la sensación de no tener tiempo para pararnos a disfrutar de los buenos momentos, a analizar las diferentes situaciones que nos encontramos en nuestro día a día o parar a tomar nuestra propia decisión.

En este contexto es fácil que percibamos un bajo control de nuestra propia vida; además, si unimos esto al gran marketing de ser feliz en todo momento y hacer aquello que nos guste, pueden surgir generalizaciones como hacer las cosas que solo nos proporcionen bienestar, que no requieran esfuerzo y no produzcan sentimientos negativos: la exigencia de una mejor calidad de vida, de no cumplirse en todo momento dichas expectativas, puede llevar a la frustración. Si es tolerada de forma adaptativa, la persona sentirá que es capaz de reconducir su vida, sino es así, y presenta una gran intolerancia al malestar emocional, puede llegar a sentirse incapaz de afrontar cualquier molestia o problema, derivando en la evitación o mala solución de los mismos y una situación de insatisfacción personal.


Medicación para ser feliz


Es en este clima donde aparece la medicalización de la vida, la psicopatologización de las dificultades de la vida cotidiana, pues los fármacos se presentan como los tratamientos de primera elección para estados o situaciones que antes no se consideraban objeto de atención sanitaria, ya que se trata de procesos normales de la vida. Esto se encuentra relacionado con la tendencia a asignar a todos los problemas un diagnóstico, unos síntomas y un tratamiento; lo que resulta acentuado además por el marketing de la industria farmacéutica dirigido a médicos y pacientes (Echeburúa, Salaberría, Corral, y Cruz-Sáez, 2012) que ofrecen fármacos que alivian el malestar, generando en muchas ocasiones dependencia física y psicológica. Tampoco hay que olvidar que la persona acude al médico con la necesidad de que su sufrimiento acabe de forma casi inmediata. En este punto, aunque el médico considere que se trata de un problema del día a día o valore la necesidad de atención psicológica, dicho recurso es escaso en nuestro sistema sanitario, por lo que la única opción que le queda para atender a la demanda de su paciente es recetarle el fármaco de su elección.

Este abordaje, efectivamente, alivia el malestar de las personas y les permite vivir de manera más confortable; pero, ¿Qué ocurre con el paso del tiempo?

Es probable que se genere dependencia, tanto física como psicológica, a dichos fármacos. Además, al no haber trabajado a fondo sobre el problema, pues únicamente puso su atención en el alivio de la sintomatología, no comprenderá el porqué de su malestar, ni incorporará a su experiencia ninguna herramienta para poder hacer frente a situaciones conflictivas futuras.

Dice Allen Frances, dirigente del equipo de redacción del manual de criterio diagnóstico DSM-IV: “Los fármacos son necesarios y muy útiles en trastornos mentales severos y persistentes, que provocan una gran discapacidad. Pero no ayudan en los problemas cotidianos, más bien al contrario: el exceso de medicación causa más daños que beneficios. No existe el tratamiento mágico contra el malestar”.

Por tanto, paremos esta cultura hedonista que busca el placer a cualquier precio, potenciemos durante toda nuestra historia biográfica las diferentes capacidades que presenta el ser humano para hacer frente a las adversidades del entorno. Y lo más importante de todo, no reduzcamos nuestra vida a una sintomatología pues el bienestar no se encuentra en evitar situaciones conflictivas, sino en saber cómo afrontarlas de forma adaptativa contando con una buena red de apoyo social, ya que irá aumentando nuestra sensación de control y de valía personal.

Echeburúa, E., Salaberría, K., Corral, P., y Cruz-Sáez, S. (2012). Funciones y ámbitos de actuación del psicólogo clínico y del psicólogo general sanitario: una primera reflexión. Psicología Conductual, Vol. 20, Nº 2, pp. 423-435

Francés, A., (2014). ¿Somos todos enfermos mentales? Ariel

Ortiz, A., González, R. y Rodríguez, F. (2006). La derivación a salud mental de pacientes sin un trastorno psíquico diagnosticable. Atención Primaria, 38, 563-569.

Artículo escrito por Gema Pérez