Sentimiento de culpa

Culpa: ¿Verdad o percepción?

En la vida moderna occidental del siglo XXI, la competencia y la valoración personal individual y social forma parte del mecanismo de vida que intenta poner a uno por delante de los demás ante las diferentes demandas externas, sobre todo en el ámbito laboral, para conseguir determinados objetivos y recompensas, además de reconocimientos sociales que premian esa actitud competidora y competitiva: ¿Hasta qué punto uno/a se relaciona con esta afirmación? ¿Y si uno/a no cree estar “al nivel”?¿ Y si a uno/a le critican por no actuar como “debería” y se castiga por ello? En definitiva… ¿Qué significa hacer mal o hacer bien las cosas? Y lo que es más importante, ¿Existe realmente una verdad absoluta sobre como estaría hacer bien o hacer mal las cosas?

El sentimiento de culpa es una emoción y reacción subjetiva de malestar asociado a algún acontecimiento externo o interno del que una persona repara ante la percepción de equivocación ó mala actuación, sobre-responsabilizándose de las consecuencias asociadas al propio acontecimiento.

Las emociones humanas pueden separarse en dos categorías: las básicas y las sociales. Las emociones básicas son aquellas que vienen de fábrica , es decir, se desarrollan desde que nacemos, como son el miedo, la ira, la alegría, la sorpresa, la tristeza y el asco. Por otro lado existen las emociones sociales, que se aprenden a lo largo de la vida por circunstancias familiares y por la pertenencia a una determinada cultura social, cuyo proceso de aprendizaje va estrechamente vinculado a las experiencias vitales y a la significación subjetiva que se les da. Éstas necesitan del pensamiento y del análisis externo de los individuos para su correcta comprensión. Algunos ejemplos cotidianos son: el enamoramiento, celos, envidia, empatía, el sentimiento de culpa, etc.

El sentimiento de culpa es considerado una emoción que actúa en pos de la correcta inclusión del individuo en el entorno según unos cánones culturales de convivencia y adaptación, con el fin de establecer un control individual según unas normas sociales. La culpa tiene su desarrollo en la conciencia moral, es decir, aquello que implica lo que está bien y lo que está mal; Además, el proceso de aprendizaje de este sentimiento se inicia en la infancia, y se ve influido por las pautas educativas y las diferencias propias en la concepción sobre la misma ante diversas circunstancias.

¿Cuáles son los principales motivos proclives al sentimiento de culpa?

El estudio realizado en la universidad del país Vasco a manos de Itziar Etxebarria y Judith Pérez en el 2002 pone de manifiesto algunos de los acontecimientos que nos hacen sentir más culpables. Este se llevo a cabo con una muestra de 202 sujetos, entre ellos 64 adolescentes varones y 65 mujeres, y 34 varones y 39 mujeres en edad adulta. Los sujetos describían la última experiencia en la que había intervenido la culpabilidad y tres cosas que habitualmente les hacían experimentar esos sentimientos. Las conclusiones señalan que los principales motivos de culpa son: “descuido de la relación con alguien”, “implicación en alguna desgracia ajena”, “demora o descuido de los estudios o el trabajo” y “ser rudo, desagradable, frío o agresivo con alguien”. La misma investigación reveló que el 86,5% de las respuestas relativas a la culpa hacían referencia a eventos interpersonales, es decir, a la relación con otras personas.

A nivel social la culpa tiene un papel funcional de convivencia mutua entre los individuos.

¿Por qué la culpa es una emoción aprendida?

En un experimento realizado por Darren Brown para el Discovery channel, se trató de concienciar a un sujeto con características de buena persona —descritas así por sus parientes— a través de una serie de circunstancias representadas por actores reales, de que había cometido un crimen sin haberlo hecho, tratando de buscar todos los argumentos posibles que indicaran que lo había llevado a cabo con el fin de desarrollar en él el sentimiento de culpa, y que así confesara el delito.

Darren puso en marcha una serie de activadores para que la persona en cuestión se sintiera culpable siempre que este quisiera; para ello diseñó situaciones en las que se desarrollara la culpabilidad: en la primera, después de estimular diferentes sentimientos de culpa, uno de los actores apretaría su hombro ó el propio investigador emitiría el sonido de un timbre en todos los recintos del edificio en cuestión, en este caso un hotel; de esta forma, ante la presencia de esos estímulos, se aumentaría la sensación. En la segunda situación se realizarían pruebas que hicieran dudar al sujeto sobre su propia memoria y así perder la confianza que tendría sobre los sucesos acontecidos a su alrededor, para así generar más confusión sobre su capacidad de juicio.

En la tercera etapa, se implementarían diferentes motivos que justificarían una posible agresión a una persona insoportable, cuyo papel llevaría a cabo un actor —en presencia del resto de intérpretes que apoyarían su mala conducta— además de la presencia del sujeto del experimento, con el que esa persona insoportable jugaría en diversas situaciones, produciéndose la posterior confirmación por parte del resto de su comportamiento vejatorio hacia él. En la cuarta y última etapa, diversos acontecimientos como estar bajo los efectos del alcohol —supuesta forma de perder la memoria—, dormir a la intemperie, y la corroboración de andar por la casa durante la noche por actores, avalarían la conducta extraña de falta de memoria que, asociada con el sentimiento de culpabilidad, y matizada por los activadores (palmada en el hombro y timbre) conducirían a que, ante el supuesto asesinato del actor insoportable, el sujeto se viera como culpable.

El experimento resultó un éxito, finalizando con la confesión del asesinato en una comisaria ficticia cercana al lugar de los hechos.

Gracias a esta investigación se puede concluir que el sentimiento de culpabilidad no es propio de las emociones básicas humanas, sino que es aprendido, y en ese aprendizaje de la culpa están implicadas ciertas figuras cercanas que actúan como referentes en la vida, sean familiares u otras, cuya veracidad o lógica individual se puede sobreestimar por encima de la coherencia.

Las implicaciones del estudio, que avalan el aprendizaje de la culpabilidad en una persona buena y coherente, difícil de culpabilizar, y la emoción asociada a su esencia básica, el control, nos desvela que la culpa, al igual que cumple una función adaptativa y en cierta medida es necesaria para la convivencia entre los seres humanos, puede llegar a desintegrar nuestra autoestima si ésta es desproporcionada, infravalorando la necesidad de ser uno mismo/a y el uso del propio juicio ante los acontecimientos, convirtiéndola en una percepción social dependiente de las ideas y el escrutinio o valoración externa, apartándola así de su parte más propia y personal: ella misma.

Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo

LUCIO ANNEO SÉNECA (4 a.C.- 65 d.C.)

Artículo escrito por Iñigo Cansado de Noriega