Alzheimer y olvido

Alzheimer y olvido

Cuando mi madre enfermó, no lo supimos, ni siquiera su médico, porque la demencia llega a escondidas, como un ladrón en la noche

VIVIANA FLAIN BINDA

La enfermedad comienza lentamente, insidiosa; hoy un pequeño olvido, un “no consigo explicarme”; mañana una salida de tono extemporánea, un llanto irracional e incontrolable y, por fin, la demencia. Y una vez instalada en el cerebro, sigue avanzando, implacable, arrebatándonos los recuerdos, arrebatándonos la vida…

Hace tiempo, cuando mi madre rondaba los ochenta años, yo ya venía observando sus pérdidas de memoria reciente, pérdidas leves que yo achacaba a problemas de la edad; a veces no conseguía expresarse, se quedaba atascada y se enfadaba consigo misma. Nunca fuimos conscientes de que la enfermedad comenzaba a hacer estragos en su cerebro. Fue una fase difícil, ya que mi madre se daba cuenta de la situación, pero no conseguía coordinar algunos movimientos; en más de una ocasión, algún vecino la acercaba a casa al verla desorientada en la calle y esa mujer fuerte e infatigable, de repente, entraba en la apatía más absoluta. Durante la noche, solía deambular errática por la casa y al acercarme a ella para devolverla a la cama, podía ver sus ojos ausentes, su dificultad para caminar, sus balbuceos…

Y como colofón, el golpe definitivo en forma de diagnóstico: Alzheimer.

Al sobresalto e incredulidad inicial le siguieron la angustia, la aceptación y, sobre todo, una mezcla de tristeza y de rabia.

Con el paso del tiempo y a pesar de los medicamentos, y de todo nuestro amor, el yo de mí madre se esfumaba día a día; sus cambios de humor eran cada vez más habituales, a veces sufría alucinaciones o comenzaba a gimotear sin venir a cuento. Ella, que siempre fue una mujer prudente, incapaz de ofender a una mosca, ahora se revolvía violentamente contra cualquiera, profiriendo incluso insultos que yo jamás hubiera imaginado que pudiesen salir por su boca.

En casa todos debíamos ejercitar la paciencia y un sin fin de virtudes más, pero para mí, como cuidadora, resultó especialmente estresante. Fue tanta la responsabilidad que me vi obligada a asumir, que la ansiedad acabó por apoderarse de mí.

En los momentos de calma, teníamos largas charlas en las que nos reíamos recordando el pasado. Me asombraba su capacidad, dado su estado a veces, para recordar hechos y personas de antaño con total lucidez. En esos momentos dulces, intentaba disfrutar al máximo de mi madre genuina e, interiormente, rogaba porque esa situación se dilatara lo máximo posible.

Pero no, la enfermedad seguía avanzando, implacable e inmisericorde y esto me obligaba a hacer un esfuerzo extra de alerta las veinticuatro horas del día; llegué a padecer de insomnio y casi sin darme cuenta, una tristeza profunda fue apoderándose de mí. Pasado un tiempo, me vi atrapada en una profunda depresión, de la que solo conseguí salir pidiendo ayuda profesional, para ambas.

Recurrimos a un Centro de Día y a terapia psicológica. He de que reconocer que fue un alivio para mí y muy beneficioso para ella. Lentamente, sus trastornos de conducta fueron moderándose, mejoró su autonomía y, en general, la calma parecía volver al hogar. Pero una cosa sí estaba clara, no existía cura.

Decidí entonces, una vez recuperada de mí abatimiento, indagar más a fondo sobre la enfermedad. Supe así que alrededor de cuarenta y siete millones de personas en el mundo la padecen —seiscientas mil en España— y que, hasta ese momento, se pensaba que era una enfermedad neurológica degenerativa, incurable y ligada al hipocampo, zona del cerebro asociada a la memoria; pero que estudios recientes demuestran que esta se desarrolla por la muerte de las neuronas encargadas de producir dopamina, esencial para la función motora, el humor, el sueño, la atención o el aprendizaje, entre otros. Son los niveles anormales de esta hormona en el cerebro los que producen Parkinson y diversas adicciones.

Finalmente, el Alzheimer lleva a quien lo sufre a un estado vegetativo, y debido a la falta de hidratación, desnutrición o por la propia necesidad de permanecer continuamente en la cama, produce la muerte, generalmente por problemas cardiovasculares.

Y seguí leyendo y leyendo… Recientísimas y esperanzadoras investigaciones de la Universidad de California afirman haber conseguido registrar que los efectos del deterioro cognitivo pueden llegar a ser reversibles. Pero, según el autor, “se trata de un estudio muy pequeño que necesita ser replicado en cantidades mayores en localizaciones distintas”; solo se ha experimentado con diez pacientes y parece que cada tratamiento debería ser desarrollado de forma diferente y personalizada, con la consiguiente dificultad para conseguirlo y lo caro que resultaría.

Sí, esperanzador, ¿pero cuánto tardará esto en ser efectivo para el común de los mortales? Supongo que para mi madre y para otros cientos de miles, de millones de personas quizás, será demasiado tarde.

Artículo escrito por Soledad Pareja Iglesias